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Vivir de Cine
reportaje temático
SEXO, DROGAS Y... ACCIÓN!
Cogorzas, pastis y lenocinio en la meca del cine
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Mickey Rourke sonríe en su ficha policial con  camisa hawaiiana incluida

Mickey Rourke sonríe en su ficha policial con
camisa hawaiiana incluida

Repasamos, siguiendo la estela
de Mickey Rourke, los rincones más
oscuros de algunas de las estrellas
de Hollywood: drogas, escándalos y
borracheras que, a veces, acaban
en el cuartelillo.
El binomio "sexo y drogas" no sólo funciona asociado al rock´roll. Desde existe el séptimo arte, muchas de sus estrellas han trabajado duro para hacer del cine el tercer elemento de la enumeración. Un triunvirato fantástico materializado en el más viejo de los proverbios del márketing: “Que hablen mal de tí, pero que hablen”, lema que ha cimentado las grandes leyendas de Hollywood y que, por suerte o por desgracia, también ha nutrido y sigue nutriendo las taquillas. Su último buque insignia es Mickey Rourke o “cómo se puede pasar del infierno de la politoxicomanía al paraíso de los Óscar”. De su mano, nos pasearemos por los boulevares hollywoodienses, y veremos que no es oro todo lo que reluce en la meca del cine.

Los malos malísimos. Se les reconoce por sus rostros curtidos (ya se sabe, el alcohol deshidrata) y su habilidad para destrozar habitaciones de hotel y ser expulsados de los rodajes. A la cabeza, sin duda, nuestro resurgido por excelencia Mickey Rourke, quien tras Nueve semanas y media, cambió el set por el ring de boxeo durante cuatro años. Luego llegaron los papeles de serie Z, drogas, alcohol y varias detenciones por agredir a su ex-esposa, Carré Otis, hasta que llegó su resurrección en Sin City. Ahora Aronofsky lo eleva a los altares en su propia autobiografía.

Un viejo conocido de las comisarias estadounidenses es Robert Downey Jr., quien hasta hace poco frecuentaba más las páginas de sucesos que las de cine. Nuestro "convicto favorito" se montó un “fiestón lisérgico” en un conocido hotel de Los Angeles, mientras disfrutaba de su libertad condicional. Cocaína, heroína, morfina, marihuana y valium fue el resultado de uno de sus muchos “positivos”: es lo que tiene cuando tu padre te educa en la automedicación… Pero no es el único cuya fama de pendenciero es pareja a su calidad como actor. La calle en la que vive Jack Nicholson, Mulholland Drive (la de Lynch), fue rebautizada como “BadBoys Drive”: drogas, alcohol, pero sobre todo las mujeres, cuanto más jóvenes, mejor; no en vano, cuando al parecer cazaron a Polanski abusando de una menor, estaba en la suite de Nicholson.

Pero la lista de actores a los que les va la marcha y perder los papeles es muy larga. A Nick Nolte, Ben Affleck o Keanu Reeves cuando se entonan, les da por coger el coche y ponerse violentos; Mel Gibson, entre otras lindezas, insulta a los judíos; y Mr. Stallone, más exquisito que todos ellos, prefiere el consumo doméstico de anabolizantes a mansalva para mantener ese “peazo de cuerpo”.

Los jóvenes malditos. Inspirados sin duda por el poeta Rimbaud, he aquí los más románticamente trágicos del mundillo, a los que no paran de sumarse nuevos amigos donde quiera que estén. Con el lema, “ten una cara bonita y muere antes de los 30”, el Joker Heath Ledger, ha sido el último en engrosar la lista de actores fallecidos en su juventud con cócteles mortales de alcohol y drogas (de las ilegales y de las de farmacia). Los fundadores fueron los rebeldes por excelencia, Marilyn Monroe con sus solitarias y empastilladas noches, y James Dean, acompañado de su "novia botella" en el coche. En los 90 fue el angelical River Phoenix quien se despidió con una sobredosis en el local de su amigo, Johnny Depp (otro pieza), y en la actualidad Brad Renfro (25 años) y Jonathan Brandis (27), han sido las últimas dos caras bonitas en enfilar el caminno hacia el cementerio.

Robert Downey Jr. es el más orgulloso  de los "malos" de Hollywood

Robert Downey Jr. es el más orgulloso
de los "malos" de Hollywood
Los padres de familia. En la meca del cine, también hay actores a los que les va el rollo familiar y respetable. Pero al final, como todos, pierden los papeles al quitarse el maquillaje. David Hassellhoff, por ejemplo, ha pasado de lucir palmito en la playa, a protagonizar un bochornoso video casero, rodado por su hija, en el que se come una hamburguesa descontroladamente ebrio. No es el único al que le gusta que le vean: Danny DeVito acudió a la televisión a promocionar una película navideña con una cogorza de aquí te espero. Pero además no se cortó en chivarse de su acompañante de “curda”, George Clooney, y dejarnos esta perla: "Sabía que las siete últimas copas eran las que me iba a emborrachar". Pero ¿quién diría que al rey de las comedias familiares, Robin Williams, le iba la botella? Tras mantenerse abstemio durante 20 años, parece que últimamente ha vuelto a las andadas por falta de trabajo.

Ni siquiera la aristocracia queda a salvo del escándalo etílico y hasta el propísimo “Sir” británico, Anthony Hopkins ha pasado por el calabozo debido a sus alcohólicos desenfrenos. Y los "deportistas" como Bill Murray también sucumben: y si no que se lo pregunten a los suecos que presenciaron asombrados como conducía un carrito de golf, ebrio perdido, por las calles de Estocolmo.

Los pobres niños ricos. Todo empezó cuando la deliciosa niña de E.T., homenajeando a los grandes y alcohólicos actores de su familia, se dedicaba a pasearse por Studio 54, copa en mano, ¡¡¡con 8 añitos!!! Efectivamente, lo de Drew Barrymore ha sido un record total: alcohol, marihuana y cocaína antes de los 10. A pesar de que esos tiempos han pasado la niña, sin duda, sentó un precedente. Tras ella llegó el que se quedó Sólo en casa, Macaullay Culkin, que le cogió gusto a eso de meterse cosas en la nariz, y acabó casándose con 18 años y divorciándose con 20. Haley Joel Osment, sin embargo, se dedicó a aumentar su “sexto sentido” y en lugar de ver muertos, acabó viendo doble. Pero la que se ha hecho últimamente con el mando en este terreno es Lindsay Lohan, alias “Lilo”, en cuyo diccionario el vocablo “rehabilitación”, simplemente, no existe.

Las modositas de rosa. Las niñas monas tienen en este periplo su propio territorio, pero salvo algunos casos, suficientemente escandalosos, suelen ser más discretas. Algunas como Cameron Diaz y la ya mencionada Drew Barrymore se pasan “el cigarrito de la risa” relajadas en la playa. Otras como Kirsten Dunst lo cuentan en los periódicos: "Bebo moderadamente, he probado varias drogas y me gusta la marihuana. Tengo una percepción diferente de la hierba que los americanos". Otras recuerdan sus coqueteos con las drogas para demostrar lo bohemias que fueron en sus años mozos, como “The Queen” Helen Mirren, que asegura que le encantaba la coca en las fiestas. A otras como a Whitney Houston, su desmadre con el crack le duró tanto que tuvo que financiarlo subastando sus objetos personales.

Los galanes mujeriegos. El título de capitán de los guapos juerguistas se lo lleva sin duda Hugh Grant, gracias a todas las portadas que consiguió vender en su posado con la prostituta Divine Brown. Sin embargo, como buen británico, también tiene gustos más exquisitos y son sonadas sus fiestas con universitarias en el más absoluto estado de embriaguez. Su antagonista americano, Bruce Willis, comparte su afición al sexo de pago: su nombre aparecía en el polémico listado de clientes de Heidi Fleiss, la madame de Hollywood. En el caso de Charlie Sheen, no se sabe si llegó antes el alcohol, las prostitutas o el maltrato a su mujer. Y luego denunció a otra de sus ex, Denise Richards, porque pretendía aparecer en un reality con sus hijas (aunque el caso de las familias disfuncionales lo trataremos otro día).

Mickey Rourke sonríe en su ficha policial con  camisa hawaiiana incluida

Bill Murray en un momento
muy autobiográfico de
Lost in Traslation
Y creannos. Podríamos seguir hasta el infinito. Pero en algún momento hay que poner el punto final y visto lo visto en este recorrido hollywoodiense, podemos sacar dos conclusiones. La primera es que cuanto más malos son, más atención despiertan, y por ende, más nos gustan. La segunda es que, gracias a las estrellas, la mejor manera de despachar la crisis es montando una clínica de lo que llaman “rehab”. Aunque algunos seguirán agarrados a la botella haciéndole los coros a Amy Winehose: “And I say no, no, no…”

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